Un blog dedicado a la historia japonesa en todas sus épocas, de los siglos XIX y XX sobre todo. También hablo sobre libros, cine, Kamen Rider o cualquier otra cosa que me interese...

miércoles, 1 de agosto de 2012

La peor derrota japonesa en los JJOO


   En otoño de 1964 comenzaron los Juegos Olímpicos de Tokio, esta era la gran ocasión que muchos Japoneses habían esperado para demostrar al mundo como el país, tras una dura posguerra, había resurgido convertido en una gran potencia asiática, dispuesta además a plantar cara a las mejores economías occidentales. Durante los años posteriores a su proclamación como organizador de los juegos y mucho antes (desde la finalización de la Segunda Guerra Mundial) Japón comenzó una espiral constructiva encaminada a sorprender al mundo. Y consiguieron no solo eso, si no que todos los extranjeros invitados al evento estaban encantado por los amistosos modales y la eficiente organización japonesa que no dejaba nada al azar.

   El último día de los juegos, el 23 de Octubre,  todo el país estaba pendiente de sus radios, este era su momento, la culminación de todo su trabajo, por primera vez, el Judo, uno de los deportes nacionales, se estrenaba en unos juegos. El judo es un deporte que requiere más habilidad que fuerza bruta, y los japoneses estaban seguros de sus posibilidades, tanto que introdujeron una categoría libre de peso, cualquier luchador podía inscribirse. Y ese día, en el nuevo  y flamante estadio de Tange Kenzo se presentaba la final de esta competición en categoría libre. Se enfrentaban la gran promesa japonesa Kaminaga Aiko, campeón del mundo, y el holandés Anton Geesink, que medía 1,90 y pesaba 120 kg. Pero sus medidas no importaban a los japoneses, como les sucedió durante la guerra, confiaban en la superioridad de su fe y en una férrea disciplina.

   En todas las ciudades y pueblos la gente se apelotonaba escuchando las radios o viendo los televisores de los escaparates, incluso en algunas fábricas se instalaron uno en cada planta para que los trabajadores pudieran ver la gran victoria de Japón. Tampoco hubo sesiones parlamentarias ese día. Miles de personas salieron a las calles para animar a su campeón. Durante diez minutos los dos contendientes forcejearon sin que ninguno adquiriera ventaja, cansado como estaba el japonés no reaccionó a tiempo contra el último ataque del holandés que lo tiró al suelo y lo inmovilizó, sin posibilidad de defenderse el árbitro decreto victoria de Geesik.

   Los únicos sonidos escuchados en el estadio en ese momento fueron gemidos de pena, Japón había sido derrotada de nuevo por el gigante occidental. Cuando el equipo holandés hizo amago de entrar en el tatami para celebrarlo Geesik los detuvo con un gesto, se giró, y realizó el saludo tradicional de respeto hacia el que había sido su rival. El público acepto el saludo y aplaudió al nuevo campeón.


PD: Como curiosidad, dos atletas japoneses se suicidaron tras perder en esos mismos juegos: Tsubuya Kokichi, corredor de maratón, y Yoda Ikudo, de salto de vallas.

BURUMA, Ian. La creación de Japón 1853-1964. Mondadori, Barcelona, 2003.

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